Una noche, se inclinó hacia mí y susurró suavemente: «Sé fuerte. Volverás a sonreír». Esas palabras se convirtieron en mi consuelo cada vez que el dolor y el miedo me abrumaban.
Su presencia se convirtió en la única constante en la que podía confiar. Cuando el dolor se intensificaba o el silencio se hacía demasiado profundo, me encontraba esperando el leve roce de la silla y el tranquilo consuelo que me brindaba.
Nunca interfirió con las máquinas ni con las enfermeras; simplemente se quedó, y en un lugar donde me sentía invisible, ese pequeño gesto lo significó todo.
Cuando finalmente recuperé la voz y pregunté al personal por ella, su respuesta fue amable pero firme: nunca se había registrado ninguna visita de ese tipo.
Sugirieron que se debía a la medicación, al trauma: alucinaciones provocadas por el estrés. Acepté esa explicación, porque no sabía qué más creer.
Seis semanas después, me dieron el alta y volví a casa, todavía frágil pero agradecida. Esa tarde, al abrir la puerta de mi casa, me invadió una quietud familiar, la misma que había sentido durante esas largas noches en el hospital.