El tiempo pasó y la rutina se instaló en su vida. Aunque el hombre rara vez expresaba agradecimiento, MarÃa aprendió a captar sus silencios, costumbres y pequeños detalles. Para ella, ese trabajo significaba más que un sueldo: era su hogar.
Todo cambió con la  muerte del anciano. Horas después, sus hijos llegaron para gestionar los trámites y hacerse cargo de la propiedad. Sin dar muchas explicaciones, le pidieron que recogiera sus cosas y se fuera ese mismo dÃa. Más impactante aún fue que no quisieron pagarle el salario pendiente.
MarÃa intentó negociar, recordándoles los años que habÃa consagrado al cuidado de su padre, pero nadie atendió sus reclamos. Se marchó con una maleta, recuerdos y la amarga sensación de que una década de esfuerzo habÃa sido ignorada.
En los dÃas siguientes buscó un lugar donde alojarse mientras trataba de reorganizar su vida. Pensó en reclamar, pero el desgaste emocional la llevó a esperar. CreÃa que nunca más tendrÃa contacto con aquella familia.