Las horas transcurrieron con una gracia natural, sello distintivo de la verdadera compatibilidad. Abordamos con fluidez temas tanto ligeros como profundos: las absurdidades de las intrigas de oficina, la profunda conexión con el lugar al viajar, los momentos incómodos y formativos de la infancia. Reímos con naturalidad, una risa espontánea que rebotaba agradablemente en las paredes insonorizadas. Sentí una rara sensación de conexión con la realidad; la distracción del teléfono y del mundo exterior se desvaneció, reemplazada por completo por el ritmo inmediato y suave que se estableció entre nosotros. La velada fue, en una palabra, perfecta. Para prolongar el placer de la compañía, pedí un café mientras se recogían las últimas migas de una tarta de chocolate que habíamos compartido.
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