Las madres deberían ser eternas

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Mi mamá y yo nos escribíamos todos los días, igual que cuando vivía en Cumaná. Ella me escribía para saber qué había hecho, cómo iban mis cosas en este país, cómo eran las personas que me rodeaban. Yo le enviaba fotos y le contaba todo. Siempre me preguntaba si había escrito en Hive, si publicaba. Mi madre era fiel lectora de mis letras, me encantaba escuchar sus palabras de apoyo y motivación. Nuestros días pasaban como siempre, en comunicación permanente. La distancia no impidió que nos sintiéramos cerquita, juntas pese a los kilómetros que había entre nosotras.

Nuestras conversaciones quedaron guardadas en mi celular, sus mensajes, sus notas de voz, todo lo que me compartía. Sus fotos de cada tarde cuando se emperifollaba, como ella me decía, de las meriendas que tomaba, y así de cada cosa que pasaba en mi tierra. Estuve presente en todo momento, a través de las videollamadas que hacíamos, en las que me echaba sus cuentos y nos reíamos juntas.

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