Durante casi tres meses vi a la misma anciana entrar todas las mañanas a la carnicería de mi hermano y comprar una cantidad de carne que no tenía ningún sentido. Llegaba a las siete en punto, empujando un pequeño carrito metálico, saludaba educadamente y pedía lo mismo: sesenta kilos entre pollo, vísceras, recortes de res y piezas que normalmente los clientes no querían. Pagaba en efectivo, rechazaba ayuda para transportarlo y esperaba afuera hasta que una vieja camioneta blanca aparecía para recoger los paquetes
Al principio pensamos que tendría un restaurante. Después descubrimos que vivía sola. No tenía negocio, no organizaba eventos y, según los vecinos, apenas cocinaba para ella misma. Entonces empezaron los rumores. Algunos aseguraban que revendía la carne. Otros decían que alimentaba animales peligrosos. Una mujer llegó a afirmar que la anciana realizaba “cosas extrañas” en una nave industrial abandonada a las afueras del pueblo. Yo me reí de aquello hasta el día en que decidí seguir la camioneta y descubrí que todos estábamos equivocados.
Mi nombre es Andrés.
En aquel momento tenía treinta y nueve años y ayudaba a mi hermano Roberto en su carnicería familiar.
Nuestro padre había abierto el negocio hacía más de treinta años.
Era uno de esos establecimientos donde conocíamos a casi todos los clientes por su nombre.
Sabíamos quién compraba carne para un cumpleaños.
Quién necesitaba fiado hasta el viernes.
Quién pedía siempre el mismo corte.
Por eso cuando apareció doña Mercedes llamó inmediatamente nuestra atención.
Era pequeña.
Muy delgada.
Cabello completamente blanco.
Vestía siempre pantalones oscuros, zapatos cómodos y una chaqueta demasiado grande.
La primera mañana pidió:
—¿Tiene recortes de res?
Roberto señaló una bandeja.
—Sí.
—Me llevo veinte kilos.
Pensamos que habíamos escuchado mal.
Después pidió otros veinte de pollo.
Y aproximadamente veinte entre hígado, corazón y otras piezas.
—¿Todo eso? —pregunté.
—Todo.
—¿Tiene algún negocio?
Mercedes me miró y sonrió.
—Algo parecido.
Fue exactamente lo único que dijo.
Pagó.
La ayudamos a empacar.
Cinco minutos después apareció la camioneta.
El conductor era un hombre joven que nunca bajaba del vehículo.
Cargamos todo.