Todos los días, una mujer compraba 60 kilos de carne de res... Pero cuando la policía descubrió para qué necesitaba tanta carne, todos quedaron petrificados... Lidia entró en la carnicería apenas abrieron y pidió que le pesaran sesenta kilos de carne de res. Ovidiu se quedó inmóvil con el cuchillo en la mano. La anciana siempre había llevado una vida modesta y hasta entonces sólo compraba pequeños cortes de carne. Ahora, en cambio, contaba billetes viejos con manos temblorosa… Ver más

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Se fueron.

Al día siguiente regresó.

La misma cantidad.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Al final de la primera semana Roberto hizo las cuentas.

—Esta señora compra más carne que algunos restaurantes.

No exageraba.

Sesenta kilos diarios.

Más de cuatrocientos kilos por semana.

En un mes, una cantidad enorme.

Lo extraño era que Mercedes siempre buscaba piezas económicas.

Recortes.

Carne que todavía era apta para consumo pero que tenía poca salida.

Piezas con hueso.

Órganos.

Pollo.

A veces preguntaba por alimentos cercanos al límite de venta que aún pudieran utilizarse de forma segura ese mismo día.

Nunca compraba cortes caros.

Aun así gastaba bastante dinero.

Una mañana le pregunté directamente:

—Doña Mercedes, tengo curiosidad. ¿Qué hace usted con tanta carne?

Ella siguió contando los billetes.

—Alimento bocas.

—¿Cuántas?

Levantó la mirada.

—Más de las que debería haber.

Después se marchó.

Aquella respuesta consiguió precisamente lo contrario de tranquilizarme.

Comencé a preguntar.

Vivía unas seis calles detrás de la iglesia.

Una vecina me contó que Mercedes había sido maestra.

Viuda.

Sin hijos.

Su esposo había muerto años atrás.

La casa donde vivía era pequeña.

Definitivamente no había allí ningún restaurante.

Otro vecino dijo haber visto la camioneta dirigirse hacia la antigua zona industrial.

Allí existía una nave abandonada.

Había pertenecido a una fábrica de muebles que cerró hacía más de quince años.

El lugar estaba alejado de las viviendas.

Durante años había permanecido prácticamente vacío.

—Ahí lleva la carne —me aseguró un hombre.

—¿Cómo lo sabes?

—La he visto.

—¿Y qué hace?

Se encogió de hombros.

—Nadie entra.

Los rumores crecieron.

En una comunidad pequeña no hace falta mucho.

Una anciana.

Sesenta kilos de carne.

Una nave abandonada.

La imaginación hizo el resto.

Alguien dijo que podía estar criando perros para peleas.

Aquello me preocupó de verdad.

Otra persona aseguró escuchar animales durante la noche.

Roberto me dijo:

—No te metas.

—Si están haciendo algo ilegal con animales, deberíamos saberlo.

—Entonces llama a las autoridades.

Pero yo no tenía ninguna evidencia.

Solo chismes.

Una mañana decidí hacer algo que hoy reconozco que no estuvo bien.

Seguirla.

Mercedes hizo su compra habitual.

La camioneta llegó.

Esta vez conduje mi automóvil detrás de ellos manteniendo distancia.

Atravesaron el centro.

Tomaron una carretera secundaria.

Después giraron hacia la antigua zona industrial.

Yo conocía la nave.

Era enorme.

Techo de metal.

Muros grises.

Varias ventanas rotas.

Desde afuera parecía exactamente lo que todos describían:

Un edificio abandonado.

La camioneta entró por una puerta lateral.

Esperé.

Mercedes bajó.

El conductor comenzó a sacar cajas.

Entonces ocurrió algo.

Escuché ladridos.

Muchísimos.

No cinco.

No diez.

Decenas.

Mi primera reacción fue pensar que el rumor de las peleas podía ser cierto.

Bajé del automóvil.

Me acerqué.

Había una pequeña puerta abierta.

Desde allí el ruido era todavía mayor.

Estaba a punto de mirar cuando alguien habló detrás de mí.

—¿Está buscando algo?

Casi salté.

Era Mercedes.

—Yo…

No sabía qué decir.

Miró mi automóvil.

Después a mí.

—Me siguió.

No era una pregunta.

—Sí.

—¿Por qué?

Decidí decir la verdad.

—La gente está hablando.

—La gente siempre habla.

—Dicen que aquí hay muchos animales.

—Eso es cierto.

—Y que quizá…

No conseguí terminar.

Mercedes frunció el ceño.

—¿Peleas?

Me sorprendió que lo supiera.

—Alguien lo mencionó.

Durante varios segundos pareció enfadada.

Luego abrió completamente la puerta.

—Entre.

No esperaba aquello.

—¿Está segura?

—Ya vino hasta aquí. Mejor vea antes de inventar el resto.

Entré.

Lo primero que me sorprendió fue que el interior no estaba abandonado.

La fachada sí.

Pero dentro habían construido divisiones.

Había ventiladores.

Bebederos.

Camas.

Zonas de limpieza.

Un pequeño consultorio.

Y perros.

Decenas de perros.

Grandes.

Pequeños.

Viejos.

Jóvenes.

Algunos sin una pata.

Otros con cicatrices.

Varios permanecían dentro de espacios separados.

Una mujer con uniforme veterinario estaba revisando a uno.

Dos voluntarios limpiaban.

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