El conductor de la camioneta distribuía la carne hacia una cocina industrial.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué es esto?
Mercedes respondió:
—Mi problema.
La miré.
Sonrió.
—Al menos así lo llama el ayuntamiento.
Caminamos.
Había nombres escritos en pequeñas fichas.
“Luna”.
“Max”.
“Canela”.
“Toby”.
“Rosa”.
—¿Cuántos hay?
—Hoy, ciento doce.
No podía creerlo.
—¿Todos son suyos?
—No.
—Entonces…
—Ninguno debería ser mío.
Me explicó.
Todo había comenzado once años antes.
Mercedes iba en automóvil con su esposo, Ernesto, cuando encontraron un perro atropellado en la carretera.
Lo llevaron a una clínica.
El animal sobrevivió.
Intentaron encontrar al dueño.
Nunca apareció.
Lo adoptaron.
Le pusieron Bruno.
Meses después apareció otro perro abandonado.
Después una perra con cachorros.
Después comenzaron a llamarles personas que sabían que ayudaban animales.
—Al principio eran cinco —dijo.
—Después doce.
—Después veintidós.
Su esposo comenzó a preocuparse.
No podían convertir su casa en un refugio.
Entonces utilizaron la antigua nave.
Había pertenecido al hermano de Ernesto.
Después del cierre de la fábrica, quedó dentro de la familia.
Empezaron a repararla poco a poco.
No querían un refugio clandestino.
Querían formalizar una asociación.
Pero los permisos se complicaron.
Mientras tanto, seguían apareciendo perros.
Abandonados.
Heridos.
Animales que sus dueños ya no querían.
Algunos extremadamente viejos.
Otros enfermos.
—¿Y los sesenta kilos de carne?
Mercedes me llevó hasta la cocina.
Allí comprendí.
No estaban repartiendo simplemente carne cruda.
Preparaban grandes ollas con alimentos siguiendo planes establecidos por la veterinaria.
Parte de la dieta era alimento comercial.
Parte provenía de donaciones.
La carne de nuestra carnicería era cocinada y utilizada como complemento para determinados grupos de animales.
La veterinaria supervisaba las necesidades especiales.
—No todos comen esto —aclaró Mercedes—. Algunos necesitan alimento específico.
Eso explicaba por qué compraba diferentes piezas.
—¿Pero usted paga todo?
—No todo.
Había voluntarios.
Donaciones ocasionales.
Una pequeña organización.
Pero Mercedes cubría una gran parte.
—¿De dónde saca el dinero?
—De mis ahorros.
La miré sorprendido.
—¿Todos?
—¿Para qué quiero dinero cuando tenga noventa años?
—Pero…
—Andrés, tengo casa. Tengo comida. Tengo una pensión. No necesito mucho.
Me impresionó que supiera mi nombre.
—Se lo pregunté a su hermano hace meses —dijo.
Seguimos caminando.
Entonces vi un perro que permanecía separado.
Era enorme.
Negro.
Tenía parte de una oreja mutilada y cicatrices en el hocico.
—¿Ese peleaba?
Mercedes bajó la mirada.
—A él sí lo utilizaron para eso.
Se llamaba César.
Había sido encontrado encadenado dentro de una propiedad después de una denuncia.
Cuando llegó era extremadamente agresivo por miedo.
—Íbamos a buscarle una solución diferente —explicó—. Pero Ernesto insistió.
—¿Su esposo?
Asintió.
—Dijo que nadie nace queriendo pelear.
Trabajaron con César durante meses.
Hoy podía estar cerca de personas específicas, aunque mantenían protocolos estrictos.
—Ernesto lo adoraba.
—¿Dónde está su esposo ahora?
Mercedes tardó unos segundos.
—Murió hace tres años.
Entonces comprendí por qué continuaba.
Aquella nave no era simplemente un refugio.
Era lo último que había construido con él.
—¿Por qué mantenerlo tan escondido?
Mercedes suspiró.
—Porque cuando la gente escucha “más de cien perros”, inmediatamente imagina suciedad, enfermedad y ruido.
—Pero aquí está limpio.
—Porque limpiamos todo el día.
También existía otro problema.
El terreno valía dinero.
Mucho.