Nunca había sentido tanto miedo por un simple sonido. Fue un golpe seco, breve, metálico. Apenas un segundo. Pero cuando miré hacia mi derecha y vi el espejo lateral de aquel automóvil de lujo doblado hacia atrás, sentí que el estómago se me hundía. Yo iba en mi motocicleta, intentaba atravesar una calle estrecha y había calculado mal la distancia. El vehículo estaba estacionado. No había nadie dentro. Y ahora tenía una rayadura larga en la puerta y el espejo visiblemente dañado.
Mi primera reacción fue pensar en marcharme. Nadie parecía haber visto nada. Podía encender la moto, avanzar dos calles y probablemente jamás volvería a encontrarme con aquel automóvil. Pero llevaba demasiados años diciéndole a mi hijo que uno debe responsabilizarse por sus errores como para convertirme precisamente en aquello que le enseñaba a no ser. Así que estacioné, respiré profundamente y dejé una nota debajo del limpiaparabrisas con mi nombre, mi número y una frase: “Fui yo. Lo siento. Llámeme y buscaré la forma de pagar el daño”.
Mi nombre es Javier.