"No te preocupes, yo te ayudo.... Ver más

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Dentro había unas hojas.

Era una cotización.

Vi la cifra.

Tuve que leerla dos veces.

Entre reparación, pintura, pieza original y mano de obra, el total era una cantidad que representaba varios meses de mi salario.

—Señor Alejandro…

—¿Puedes pagarlo?

Podía mentir.

Decir que sí.

Hacerme el orgulloso.

Pero no tenía sentido.

—No de una sola vez.

—¿Cuánto puedes pagar?

Pensé.

—Podría darle una parte ahora y el resto mensualmente.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Quizá un año.

Alejandro me observó.

Yo me sentía cada vez más pequeño.

—Tengo un hijo —continué, casi justificándome—. Y ayudo a mi mamá. Pero no quiero que piense que estoy evitando la responsabilidad. Fui yo.

—Ya sé que fuiste tú.

—Entonces dígame cómo podemos hacerlo.

Alejandro dobló la cotización.

—No vas a pagarme nada.

Creí que había escuchado mal.

—¿Perdón?

—Nada.

—No entiendo.

—Voy a reparar el automóvil.

—Pero yo lo dañé.

—Sí.

—Entonces debo pagarlo.

Alejandro sonrió ligeramente.

—¿Siempre eres así de terco?

—Mi esposa dice que sí.

Se apoyó contra el auto.

—Javier, ayer cuando encontré la nota pensé que era una broma.

No respondí.

—¿Sabes cuántas veces me han rayado un vehículo en estacionamientos?

—No.

—Varias.

—¿Y dejan notas?

—Nunca.

Aquello me sorprendió.

—Una vez me dañaron un parachoques completo y dejaron el carro como si nada. Otra vez alguien rompió una luz. Nadie apareció.

Miró mi nota.

La había guardado.

—Tú dejaste nombre, teléfono y una disculpa.

—Era lo correcto.

—Exactamente.

—Pero eso no borra el daño.

—No.

Sacó su teléfono.

Me enseñó algo.

Era una grabación de seguridad.

Mi accidente.

Se veía claramente cómo golpeaba el vehículo.

Después cómo detenía la motocicleta.

Miraba alrededor.

Entraba al edificio.

Regresaba.

Escribía la nota.

—Entonces sí había cámaras —dije.

—Sí.

Sentí vergüenza.

—Probablemente piensa que solo dejé la nota porque las vi.

Alejandro negó con la cabeza.

—En el video puede verse que nunca miraste hacia la cámara.

Tenía razón.

Yo ni siquiera sabía dónde estaba.

—Podías haberte ido.

—Sí.

—Y probablemente nunca habría sabido quién eras.

—También.

—Pero te quedaste.

Todavía no entendía.

—Señor, agradezco lo que dice, pero no quiero que piense que estoy buscando un premio por hacer algo normal.

Su expresión cambió.

—Eso es precisamente lo triste, Javier. Que hoy en día asumir un error parezca algo extraordinario.

Nos quedamos callados.

Entonces Alejandro me hizo una pregunta todavía más inesperada.

—¿Estás conforme con tu trabajo?

Me reí nerviosamente.

—Creo que hoy vine a hablar de su automóvil.

—Ya terminamos de hablar del automóvil.

—No voy a pagar.

—No.

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