Nada.
A las cuatro de la tarde pensé que quizás la nota había volado.
A las cinco imaginé que alguien la había quitado.
A las seis terminé mi jornada.
Cuando llegué a casa, Daniela notó inmediatamente que algo estaba mal.
—¿Qué pasó?
—Choqué un carro.
Se quedó inmóvil.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿La otra persona?
—No había nadie.
Respiró aliviada.
Entonces preguntó:
—¿Qué tan grave?
Le enseñé las fotografías.
Su expresión cambió.
—Javier…
—Ya sé.
—Ese carro cuesta una fortuna.
—También sé eso.
—¿Te vio alguien?
La miré.
Ella entendió.
—Dejaste tu número.
—Sí.
No me criticó.
Solo se sentó.
—Vamos a resolverlo.
Aquella frase me tranquilizó más que cualquier otra cosa.
No dijo:
“¿Cómo pudiste?”
No dijo:
“Tenías que irte”.
Dijo:
“Vamos a resolverlo”.
Cenamos.
Acostamos a Matías.
A las nueve y diecisiete sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Miré a Daniela.
—Debe ser él.
Contesté.
—¿Javier?
—Sí.
La voz era de un hombre.
Tranquila.
—Soy el propietario del vehículo que golpeaste esta mañana.
Me puse de pie sin darme cuenta.
—Señor, primero quiero disculparme. Fue completamente mi culpa. Yo estaba pasando demasiado cerca y…
—Vi la nota.